“La prostitución es la más horrible de las aflicciones producidas por la distribución desigual de los bienes del mundo” (Flora Tristán).
Por Claudia Gómez Montealvo.
La prostitución es un acto que se ejerce, es parte de la realidad que omitimos, censuramos, criticamos y evitamos pero existe sin duda y no debemos ser indolentes al respecto.
Algunas personas que la ejercen es por voluntad propia, otra es a través de la trata de blancas, la edad no es limitante y el género tampoco.
Es visible en las calles de la capital potosina, a la luz del sol o de la luna, no hay horarios ni lugares únicos, se da en todas las esferas de la sociedad, en palabras coloquiales “hay para todos los bolsillos”.
En las calles del Centro Histórico identificamos a estas personas cercanas a un museo e incluso paradójico, también las encontramos cercanas al edificio de Seguridad Pública del Estado, ofreciendo sus servicios a cualquier hora del día.
El asunto a debatir no es si existen o no deben de existir, es la profesión más vieja del mundo, existe el servicio porque hay demanda y analizando desde otro punto de vista es una necesidad social que cumple una función y sin el comercio de servicios sexuales aumentarían las violaciones sin duda alguna.
El problema de este asunto es una cuestión de salud y seguridad pública. No se trata de prejuzgar, no sabemos la historia que hay atrás de cada persona que se dedica a este oficio, no es una cuestión moral y/ o religiosa a debatir, hablamos de derechos humanos que nos conciernen a todos.
No existe una cifra especifica de cuántas personas prostitutas ejercen el oficio en la capital potosina, sin embargo el primer punto a tratar es el aspecto de la salud pública, ¿cuántas de estas personas llegan a contagiarse con una enfermedad venérea y a la vez contagian y generan una cadena de transmisión? Sin embargo por practicar un oficio informal no cuenta con servicios de salud, los cuales deberían de ser una prioridad en el caso de los servicios sexuales que prestan.
Otro de los aspectos más difíciles es el de la seguridad pública, algunos relatos de viva voz de estas personas cuentan la serie de peligros a los que se arriesgan día a día y en ocasiones a la perdida de la vida a manos de algún psicópata, además del abuso físico y mental que reciben por parte de los clientes o de los proxenetas.
Sin duda, es un asunto público y por lo tanto de estado, hay que regular esta actividad, y hacernos a la idea que el oficio nunca va a desaparecer, pero si podemos cambiar la forma y ofrecer garantías, aunque algunos no les genere empatía, son ciudadanos y seres humanos, son parte de la ciudad y de la comunidad. No sé, si contar con una zona de tolerancia, o barrio rojo como el de Amsterdam, sería la solución, pero aprender de otras experiencias y prácticas al respecto podría generar alternativas de manera que las personas que se dedican a la prostitución trabajen de manera autónoma, paguen impuestos y gocen de los controles de salud necesarios para el ejercicio de su oficio dentro de un marco de derechos humanos.
Claudia Gómez Montealvo
Estudios de Postgrado en Ciencia Política, Universidad de Oxford, Inglaterra.
Maestra en Administración y Políticas Públicas por el Colegio de San Luis, A.C.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
Estudios en Derecho por la Universidad del Centro de México.
Asesora de Gobiernos federales, estatales y municipales.
Consultora de diversas legislaturas del Congreso del Estado de San Luis Potosí.
Activista de diversos colectivos y asociaciones civiles, con enfoque en derechos humanos, prevención del delito, mujeres, cultura y educación.
