Por Marco Antonio Zárate Mancha.
Homo homini lupus.
Thomas Hobbes
“Ningún enemigo mayor al hombre.
No acomete el águila al águila ni un áspid a otro áspid,
y el hombre siempre maquina contra su misma especie».
Diego de Saavedra Fajardo
Lo recuerdo muy bien. Samy era un trabajador del área de maquinados —tornos, cepillos y fresadoras—, de una empresa en que trabajé. Muy moreno y levemente gordito. Tenía unas buenas entradas y el poco cabello rizado. Siempre de buen humor. Silabando mientras trabajaba. Dispuesto a servir y a colaborar con todos. En resumen, un buen hombre.
Samy trabajaba todas las máquinas del taller. Lo mismo operaba el torno que la fresadora o el cepillo. Una noche nos quedamos hasta tarde trabajando. Samy en el torno y yo acompañándolo. Comentábamos lo arduo del trabajo. También sobre algunos jefes abusivos e insensibles.
El Samy tomó un respiro y me dijo, Inge, le voy a platicar lo que me pasó una vez:
Lo recuerdo como si fuera hoy… Era una mañana de domingo y estaba en casa con mi familia. Ya estaba por sentarme a la mesa a desayunar “unos huevitos”, que me estaba preparando mi esposa, así me dijo: —u-n-o-s h-u-e-v-i-t-o-s con f-r-i-j-o-l-i-t-o-s—. En esas estaba cuando tocó a mi puerta el ingeniero en jefe del taller y me dijo: “Samy, necesito que me termines un trabajo urgente en el torno”. Le dije que estaba a punto de desayunar y que además era mi día de descanso.
Era la época de las grandes y apremiantes obras en México: El Metro, El Drenaje Profundo… El insensible y autoritario ingeniero no lo dejó ni siquiera desayunar. Se lo llevó en su camioneta a un taller en las inmediaciones de Cuajimalpa —según me refirió— y, con falsas promesas del pago de horas extras por ese trabajo extraordinario y el ofrecimiento de llevarle un lonche para que desayunara, lo dejó solo en aquel inmenso taller.
El Samy encendió el torno y se puso a trabajar. El taller vacío lo contemplaba. El Samy me platicó que solo se escuchaba el chirriar que hacía el buril en el acero y, en esa nave vacía, el ruido se multiplicaba por todas las paredes.
El ingeniero nunca regresó con el lonche, y tampoco pasó por él más tarde como había ofrecido. Samy al salir apresuradamente de su casa no llevó dinero, así que al terminar el trabajo y ver que el ingeniero no regresaba —ni en sueños había celulares—, tuvo que pedir un aventón en la carretera de Cuajimalpa a México. Afortunadamente después de un rato un alma caritativa lo llevó hasta su casa. Al día siguiente Samy encendió su cepillo y se puso a silbar.
No sé cuántos años pasaron después de que me platicara ese episodio de su vida —quizá cerca de unos veinte años—, cuando me lo topé tocando una armónica y pidiendo cooperación en una taquería por el rumbo de Atizapán. Lo saludé con mucho cariño y le recordé aquella anécdota que me había platicado. Él la había olvidado, yo no.
Nos despedimos en espera de volver a encontrarnos y se despidió alegremente tocando su armónica. El Samy, un buen hombre libre de rencores.
Marco Antonio Zárate Mancha
Estudió ingeniería mecánica en la Universidad Michoacana. En sus inicios trabajó en el Grupo ICA. Posteriormente colaboró en la Secretaría de Programación y Presupuesto, en el Sistema Alimentario Mexicano de la Presidencia de la República. A su paso también se ha desempeñado en la Canacintra México, en el programa TIPS de Bancomext, en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, en el Gobierno de Michoacán y en el municipal de San Luis Potosí. Ha sido y es empresario y esporádicamente ha colaborado en diversas publicaciones impresas y electrónicas, como: Quadratín, Homozapping, revista AM Blues, Alternauta, Revista Transformación de Canacintra y Fórum Financiero, entre otros.
