Por Jorge Andrés López Espinosa
Trova para la vida.
La vida ese maravilloso instante de la existencia, no sería la misma sin la música, la poesía y la filosofía, pero todas juntas y en acorde resulta sublime. La trova, que descubrí en algún momento de la incipiente juventud, me presentó una tarde al Tío Alberto, un cincuentón más aristócrata que payo, capaz de catar todos los vinos y andar por mil caminos, quien seguramente tuvo la oportunidad de comer con su abuelo y después de la comida preguntarle tantas cosas, tantas cosas de la vida, para encontrar una sola respuesta: que la vida es como una esfera, que va por siempre rodando, que nos da penas y alegrías, pero no nos dice cuando. Con esas enseñanzas profundas, pero incompresibles aún sin la necesaria experiencia, fue necesario meditar a la sombra de aquel árbol, plantado en el límite del patio donde termina la casa, para comprender que la vida es un largo viaje con sólo de ida el pasaje, y que es una suerte haber nacido, para poder asistir como testigo al milagro de cada amanecer. De ahí surgieron otras preguntas sobre el cómo y para que vivir: con la opción de ser un eternizador más de dioses del ocaso y servidor del pasado en copa nueva, o vivir sin que el dolor humano me sea indiferente, y más aún, no permitir que la reseca muerte me encuentre vacío y sólo sin haber hecho lo
suficiente. Ojalá que no sea así, para que la aurora algún día no dé gritos que caigan en nuestra espalda, ante liderazgos necios que mantienen miradas constantes, palabras precisas y sonrisas perfectas, pero que sus gobiernos están llenos de difuntos y flores. Y si la trova inspira la libertad, tampoco podemos olvidar a callejero, ese perrito peludo que ganaba las suyas sin atar a otros y sobre los otros no pasaba jamás, de callejero aprendimos a ser libres como el viento como deberíamos ser todos en el mundo, porque al final no somos de aquí ni somos de allá, pues al final todo pasa y todo queda, en este mundo del que somos vecinos por un rato y coincidimos entre tantos siglos. Pero siempre en la vida habra también vasos vacíos, como cuando un amigo se va, las falsas amistades son como el caudillo, son de ellos mismos mercenarios; pero los verdaderos amigos esos que dejan huella, nos hacen darle gracias a la vida por tenerlos, pues nos enseñan a preguntarnos si más que el oro es la pobreza lo más caro en la existencia y si lo importante no es el precio sino el valor de las cosas, cuando no importa ganar diez si tan solo sabemos contar hasta seis. Y de entre todas las cosas de la vida, de esas que debemos agradecer, no olvidemos al sonido y el abecedario, que nos permite pensar y declarar nuestra verdad, esa que sale del cerebro humano que distingue lo bueno de lo malo. Pero todo cambia, cambia lo superficial y cambia también lo profundo, y cambiar no debería ser extraño, es la constante de la vida, sobre todo cuando se abandonan con donaire las cosas de la juventud, pero hay algo que no debería de cambiar, que es el amor por la tierra, por las personas que amamos y también por las que amaremos aunque aún no las conozcamos, los nietos por ejemplo. Por eso, de las grandes enseñanzas de la música de trova, es que nunca falte el ardiente deseo de vivir todos los días aunque antes de hacerlo siempre haya que pensarlo muy bien, pues para vivir, un dÍa el tiempo se hará cargo del fin, pero eso no será óbice para vivir esta vida loca, con su loca realidad, pues hoy puede ser un gran día y mañana también, pero lo más importante no permitamos jamás que nadie nos robe el mes de abril, ni ningún otro día de esta maravillosa oportunidad, dejemos de quejarnos sólo por vicio, mejor soñemos, es gratis; por mi parte de entre
todas las vidas seguiré soñando ser un día inumiso en el cielo, pero en la tierra permaneceré liberal, aunque a veces el cuerpo pida otra cosa sin dejar, claro, esa leve tendencia izquierdosa. Columna construida con letras de grandes trovadores, identifíquelos Usted. Los sigo leyendo en este correo: jorgeandres7826@hotmail.com.
