«Me pasé la vida imaginándote, no es tiempo para ser cobarde».
Gustavo Cerati
«Quien ha ido al final del grito, sabe de las tempestades del silencio».
Manuel Suasnávar
Marco Antonio Zárate Mancha
Miraba con cierto desdén los hombros de los libros perfectamente acomodados en la estantería. Me llamó la atención el movimiento suave de sus manos y ver cómo, al fin, un libro atrajo su atención y con movimientos delicados lo retiró del estante para hojearlo. Observé que su índice no jaló el libro por la cabezada, sino que lo retiró jalándolo con refinamiento por el borde superior. Me dije: —¡Caray! Sabe cómo tratar un libro… Caminé un poco para acercarme a ver qué libro había tomado. «Hombres sin mujeres» de Haruki Murakami. Leyó con esmero la cuarta de forros, hizo un ligero y simpático mohín con la nariz y lo regresó con cuidado a su lugar deslizando su dedo con delicadeza por el lomo… He leído varios libros del japonés, lamentablemente ese no —cavilé. La sabatina mañana parecía haberse prolongado y los tibios rayos del sol iluminaban el recinto. La mujer dio unos pasos y su atención se centró en otro librero. Los estantes estaban menos ordenados y pareció interesarse en otro autor. Los libros eran de escritores más populares. Los más, latinoamericanos. Extrajo un libro de Isabel Allende, el «Amante japonés». Mala suerte, —me dije. He leído solo un libro de la chilena y para colmo me lo regaló un amigo. Estoy en deuda con esa escritora. Debo confesar que «El Zorro», de Isabel Allende, me gustó mucho e incluso varios pasajes me hicieron reír de buena gana. Me llamó la atención su manera de adjetivar. Me pareció una lectura amena y ligera. Sin grandes complicaciones. Al menos ese fue mi parecer y mi experiencia con la autora de la «Casa de los espíritus».
No quise hacerme tonto más tiempo. La mujer había atraído poderosamente mi atención. No al grado de aquella ninfeta de 11 o 12 años agrupada con otras niñas, en medio del entonces nuevo Office Depot en Parroquia y Universidad. Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré a la tienda y no bien crucé la puerta, sentí algo que jamás había percibido. Lo describiré como una poderosa energía que llenaba el nuevo recinto. Busqué con apremio qué era lo que mis sentidos habían detectado, porque fue algo inmediato. Instintivo. No pasó por la mente racional. No. De repente mis ojos toparon con un pequeño grupo de niñas, ninfetas, comandadas por una señora joven. Algo comentaban o decidían. Parecían hablar todas a la vez. La energía captada por mí, provenía de ese grupo. Vi a una niña-ninfeta sobresalir de las demás. Vestían jeans ajustados —muy al estilo de los 80’s y 90’s— y camisetas tipo polo. No recuerdo bien cómo era aquella niña, si era bonita o no, solo percibía una fuerte energía proveniente de ella. Repito: nunca había sentido aquella seductora energía, ni tampoco la he vuelto a percibir. Lo único que sé es que existe y es avasallante. Quizá esa misma percepción, fue la que inspiró a Patrick Süskind a escribir su brillante novela «El perfume». En su caso, el escritor dotó a Jean-Baptiste Grenouille, asesino serial de niñas y personaje central de esa apasionante novela, de un extraordinario sentido del olfato que le permitió, mediante las más sofisticadas técnicas de la perfumería del siglo XVIII que había aprendido, capturar la virginal fragancia de las púberes recién sacrificadas para ensamblar el perfume más seductor que la humanidad haya conocido jamás. Bastaban unas cuantas gotas para hacer perder la cabeza a mujeres y hombres por igual. Todos eran cautivos de un abandono total, una suerte de petite mort colectiva…
«El hombre busca; la mujer encuentra». La sentencia de Malcolm de Chazal retumbó en mi cabeza y con brusquedad me sacó de mis cavilaciones. Me había absorto en el recuerdo de aquella anónima ninfeta y Süskind. En mis introspecciones había olvidado a la mujer buscadora de libros. Me sobresalté al no verla frente al último estante que había visitado. Alcé la vista con apuro y allí estaba, solo que unos imprevistos lectores me la ocultaban. No dudé más y me acerqué un poco a ella. Hojeaba el prólogo de «El Alquimista» de Paulo Coelho. Es un buen libro —dije para que me oyera. Lo mismo me lo recomiendan que lo critican —contestó, casi sin reparar en mí. Sonreí, en un tris había roto el hielo. Volteó y por primera vez nuestros ojos se cruzaron. Sentí como si una ola violenta me hubiera golpeado la boca del estómago. Sus ojos eran color miel, su mirada entremezclaba a la vez cierto aire de inocencia y picardía imposible de describir. Debo decir que me sentí aturdido… me aclaré la garganta y de forma resuelta dije: Lo he leído un par de veces, y no sé si alcanzaste a leer en la presentación que su origen es un cuento de «Las Mil y una Noche» y que Jorge Luis Borges también lo reescribió como «Historia de los dos que soñaron» en alguno de sus tantos libros. Solo que en la concisión del argentino el cuento no emplea más que 2 o 3 páginas; no así Coelho que entreveró en la trama del cuento la historia de un amor e hizo una novela. Ya más en confianza me seguí como hilo de media y le pregunté: Por cierto, ¿conoces la diferencia entre cuento y novela? Dudó y su vista buscó en lo alto una respuesta… después de unos segundos en que contestó, me dio tiempo de observar su vestuario. Llevaba unos jeans nuevos que ajustaban perfecto a su esbelto cuerpo, calzaba unos botines de ante color camello haciendo juego con su cazadora de piel y completaba el atuendo un suéter de cuello alto color blanco… Finalmente contestó: —La verdad, no estoy segura de tener la respuesta. No quiero abrumarte —dije. Oh, no importa, suena interesante saberlo. Adelante —dijo ella. Volví aclararme la garganta, y le solté: fíjate que yo desconocía hasta hace poco la diferencia. Es más. Te seré honesto. Nunca había pensado en ello. Pero en lectura reciente sobre Borges, éste explica la diferencia: «En el caso de un cuento, la trama es lo más importante. Pero en el caso de una novela, podemos llegar a obviarla, lo que realmente importa son los personajes». Noté que realmente me prestaba atención… su mirada por instantes vagó, señal de que memorizaba la cita borgiana —pensé. Cerca de la librería había cafeterías y restaurantes, así que entrados en gastos dije: —Me gustaría invitarte un café, desde luego si tienes tiempo. Lo tengo y te acepto la invitación —contestó. Noté que mi corazón se aceleró. Ella se detuvo y me dijo, —pero antes pagaré el libro y constataré qué tan buena es tu recomendación. No te arrepentirás. Ya lo verás. Por cierto, ¿cómo te llamas? Fernanda, María Fernanda —contestó. Y tú ¿quién eres? Mi nombre es Marco Antonio —contesté. Y ¿quién soy?, en el café te lo responderé.
Salimos de la librería y deben haber sido los últimos minutos de la mañana, o al menos eso creí. A pie nos encaminamos a los restaurantes y cafés con pequeñas terrazas asomadas a una pequeña placita. Deambulaban nutridos grupos de personas y otros tomaban el sol en las bancas. Señalé un café en un portal y le pregunté —Te parece bien ese sitio. El café es bastante bueno y el lugar está fresco. Me parece muy bien y coincido contigo —contestó. Ordenamos dos cafés, ella capuchino francés y una tartaleta de higo y yo un americano regular con otra tartaleta de higo. Estarás de acuerdo que las tartaletas son divinas —dijo. Absolutamente de acuerdo — subscribí. De la bolsa de papel sacó su adquisición y con parsimonia dobló delicadamente la pasta en la franja de la bisagra. Esos instantes me bastaron para ver con detalle su rostro. Su tez clara, su cabello suelto de forma natural caía sobre sus hombros y una pequeña pinza atrapaba un mechón de cabello a manera de cola de caballo. Sus cejas pobladas y naturales. Sus pestañas también naturales y ligeramente tupidas. Su nariz recta y su boca con lo que consideré labios sensuales. ¿Edad?, —me pregunté y calculé unos cuarenta y ocho, quizá cincuenta. Alzó la vista y me turbé al verme sorprendido por su inesperada mirada… Me aclaré la garganta y le solté: Bien, si te gustan las historias de amor te atraerá el libro. Ahora, si me permites no darte un espóiler, sino una especie de guía para la lectura, creo que le tomarás más gusto. Adelante, Marco Antonio —por primera vez escuché mi nombre de sus labios. Su voz retumbó en mis oídos y me dije —qué bello mi nombre en tus labios. Me espabilé y le dije, mira, el libro tiene una estructura ganadora. Por decirlo de una manera sencilla. Es decir, exitosa. Me explicaré y para ser honesto esto lo tomé de una lejana lectura de Joseph Campbell. Alrededor de Santiago, protagonista central de la novela, Coelho construye un personaje, en este caso un héroe. Lo califico así, porque Santiago, el humilde pastorcillo —solo te daré este espóiler— escucha, atiende, responde al “Llamado a la Aventura” de vivir su vida (no la de pastorcillo que quizá siga por tradición, sino la que él debe seguir para conseguir lo que ha y se ha prometido). En su caso el llamado es un sueño que tiene bajo un árbol, un vetusto y sarmentoso sicomoro que ha crecido en una derruida ermita en medio de la campiña. Allí lo sorprende una feroz tormenta y junto a sus ovejas pasa la noche entre esas cuatro paredes semi colapsadas por el abandono y la inmarcesible marcha del tiempo. Según Campbell, todos somos llamados a la Aventura. Buda al elegir ser asceta y abandonar a su esposa Yasodhara y su hijo recién nacido sin despedirse. Jesús abandonando por muchos años a sus padres y regresando con los prodigios de sus milagros. Al igual que Buda, varios siglos antes. Una vez atiendes el llamado a la Aventura, viene la Separación. Te separas de tu comunidad. Cruzas el primer umbral; el camino de las pruebas; vienen las ayudas; el encuentro con la diosa; la apoteosis y la recompensa. Al haber ido hasta las últimas consecuencias de la Aventura (repito: de vivir tu vida en libertad y de acuerdo a tus designios y no los de nadie más), has conquistado tu ser y te son otorgados los dones, los que a tu regreso a la comunidad que te vio partir entregarás sin condición o medida. Santiago, el pastorcillo lleva a cabo esa travesía y… ya lo leerás y me dirás.
Ahora, me has preguntado ¿quién eres?
Esa pregunta es de ardua y larga faena de responder. Te diré que soy un diminuto ser que en el vientre de su madre lucha por nacer; que en su temprana mocedad se ahogó en una alberca y que tardaron una eternidad en regresar a la vida después de extenuantes trabajos de reactivación; que he estado en medio del bosque en soledad sin agua y pan por cuatro días; que para sanar el espíritu he probado medicinas ancestrales de nuestros marakames, así como de hombres y mujeres de medicina y conocimiento y que, como escribe André Gide:
“Todas las angustias de un tísico en una habitación demasiado pequeña, de un minero que quiere subir hacia la luz, y del pescador de perlas que siente sobre sí todo el peso de las oscuras olas del mar, toda la opresión de Plauto o de Sansón haciendo girar la rueda; de Sísifo, haciendo rodar la roca; toda la asfixia de un pueblo sometido a esclavitud, entre
otras penas, todas las he conocido”.
La luna tímida se asomó en levante. La noche nos abrazó.
P.S. María Fernanda, advertida y sabedora de que escribiría sobre nuestro feliz encuentro, encarecidamente me pidió no revelar su verdadero nombre. Prefirió el anonimato. No pude negarme a su petición.
