«Todo lo que el corazón desea
puede reducirse siempre a la figura del agua».
Paul Claudel
«En todo el campo natural, sólo el agua en movimiento
danza con todo su cuerpo a la vez».
Malcolm de Chazal
Por: Marco Antonio Zárate Mancha
Después de comer, preparé la acostumbrada taza de café. Esa oscura bebida que Vicente Quirarte llamara: «el perro más fiel del solitario», en su imperdible «Cuaderno de Aníbal Egea». Noté que quedaba poco y decidí reaprovisionarme. Tiene tiempo que cambié de expendio de café, pues antes las cafeterías exhibían los diferentes tipos de granos y tostados y podía elegirse la mezcla favorita. Ahora venden las bolsas de café en grano con mezclas que preparan las cafeterías y posteriormente lo muelen al gusto. Así que ahora acudo a la sucursal más cercana de café «La Lucha», originaria de Uruapan, que en Morelia tiene varios expendios. El más cercano se ubica en el bulevar García de León. Opté por caminar. Tras unas pocas cuadras llegué al expendio y pedí café molido fino. La tarde de verano era cálida y después del profuso chubasco del mediodía, el cielo se despejó y la gente aprovechó para salir a caminar con sus perros o trotar y ejercitarse. Debo de decir que hace unos pocos años, el bulevar fue objeto de una remodelación y se construyó un «parque lineal» con una extensión de alrededor de mil novecientos metros. Cuenta con aparatos para ejercitarse, áreas para gimnasia de perros, juegos para niños y áreas para patinaje. También instalaron bancas para descanso y mesas con bancos para tomar algún refrigerio. Recordé que hace poco más de medio siglo, ese parque era un brazo del «Río Chiquito» y había gran fauna y flora silvestre. Era límite entre el crecimiento de la mancha urbana al oriente y sur de Morelia. La otrora incipiente colonia Chapultepec sur terminaba en la calle Casa Mata y a una cuadra corría ese brazo del «Río Chiquito». En los años setenta, un «visionario» desarrollador urbano decidió entubarlo, y el río que corría superficialmente con ranas, viborillas de agua, ajolotes y una gran variedad de aves e insectos, entre otros, escorpiones de agua, que en cierta época del año volaban hasta la Chapultepec norte atraídos por los arbotantes de luz, quedó sepultado…
Todas esas cosas cavilaba sentado en una banca, viendo pasar una pluralidad de personas con perros. Una de ellas lo paseaba en carriola a la manera de bebé. Otra esperaba pacientemente que su perrillo chato la alcanzara, ya que el can de marras llevaba acondicionado a su vientre un artefacto con ruedas que le permitía caminar, sustituyendo sus atrofiados cuartos traseros. Muchas personas caminaban solas, otras con sus parejas. Mi atención se detuvo en una señora madura que pasó caminando y seguí con la mirada. Me detuve en su trasero. No era voluminoso sino «acuoso». A cada paso parecía como si dentro de sus glúteos el agua se agitara en pequeñas olas. No recuerdo haber visto algo similar. Esa rara singularidad me hizo reflexionar acerca de mis conocimientos sobre el agua.
Es común escuchar que un adulto se compone en alrededor de 70 por ciento de agua. Aunque dicho sea de paso, por más que busquemos agua en nuestro cuerpo nunca la encontraremos. La doctora Esther del Río, estudiosa del agua por más de medio siglo, señalaba que el agua de nuestros tejidos es en su mayor parte cristal líquido en forma de clatrato (H2O)37; es decir, un estado intermedio de la materia, estable, y que por ser cristal líquido conserva las propiedades de los líquidos, más las propiedades de los cristales ópticos, y algo por demás relevante: «es capaz de guardar memoria». Para los que saltaron de su asiento con la «memoria del agua», haré una digresión sobre esta apasionante y extraordinaria capacidad del agua. El primero que investigó la «memoria del agua» fue el científico francés Jacques Benveniste. Sus primeras conclusiones se publicaron en la prestigiosa revista «Nature» en 1988. El hombre fue objeto de burlas y descalificaciones por la comunidad científica; la revista fue severamente criticada por prestarse a semejantes falsedades. Benveniste fue degradado en su trabajo, y confinado a un pequeño laboratorio que con recursos propios terminó de acondicionar. Fue tanta presión que el hombre sucumbió en 2004. Al rescate de su dignidad e investigaciones, vino su compatriota Luc Montagnier, premio Nobel de Medicina por co-descubrir el virus de la inmunodeficiencia adquirida, el VIH. Con su prestigio de respaldo y auxiliado por Jamal Aïssa, brazo derecho de Benveniste, realizó un experimento frente a la prensa que participó, y documentó la capacidad de un vial sellado con agua bidestilada, nucleótidos (adenina, guanina, citosina y timina) y polimerasa, para replicar una cadena de ADN solo por inducción electromagnética del patrón previamente grabado (las distintas frecuencias que emitía el ADN original en el vial, se grabaron en un archivo —como si fuera música— y, durante una hora, la señal se retrasmitió a la bobina envolvente de un pequeño tubo, en cuyo interior estaba el vial del experimento). Posteriormente el vial se introdujo en un equipo de Reacción en Cadena de la Polimerasa (el PCR de la COVID), y fue capaz de reproducir la cadena de ADN sin tener un modelo físico en el vial para copiar. La réplica fue posible debido a la capacidad del agua para «grabar» el modelo de ADN que la polimerasa interpretó, y con los nucleótidos presentes en el vial, tuvo la capacidad de ensamblar la cadena de ADN inducida. Los científicos que operaban el equipo PCR, concluyeron: «Lo que nos pide Luc Montagnier, equivale a querer sacar una copia sin tener el documento original». Vale decir que estos resultados nunca fueron replicados de forma consistente por otros laboratorios y que la comunidad científica sigue sin aceptarlos como prueba definitiva; el debate permanece abierto. Con todo, tales prodigios guarda el agua que por más que la estudiemos, más misterios e incógnitas nos deja. Ya el escritor estadounidense Loren Eiseley, advertía: «Si hay magia en este planeta, está contenida en el agua».
William Butler Yeats, en su libro «Mitologías», se interroga: «¿No pensaba ya el sabio Porfirio (234-305 d.C.) que todas las almas nacían por obra y gracia del agua, y que incluso la creación de las imágenes en la mente venía del agua?»
Por su parte, el filósofo francés Gastón Bachelard en su libro «El agua y los sueños», entre otras muchas cosas, señala que el mar «falta al primer deber de todo elemento reverenciado, que es el servir directamente a los hombres». Su salinidad la vuelve estéril para el consumo y ajena a las necesidades del cuerpo humano. Esa conclusión de Bachelard es un poco apresurada. Prácticamente toda el agua existente en la Tierra proviene del mar. La vida surgió en el mar. La vida proviene de agua salina. Más de 80 sales existen en el mar. Beber agua de mar en pequeñas cantidades se considera medida saludable. Y, no es ocioso recordar, que la inmensa mayoría de nubes se producen en el mar por evaporación. La magia del agua es que al evaporarse no acarrea consigo las sales, esas se quedan en el mar. «Las nubes son cartas de amor que el mar envía a los bosques», escribió un poeta menor.
A punto de concluir este escrito, sonó mi celular. Era la llamada de un amigo que estando cerca de mi casa quiso saludarme. Bajé abrir. Después de las salutaciones de rigor le comenté que estaba a punto de terminar un texto y procedí a leérselo. Cuando hube terminado lo volteé a ver, él, con una mirada imposible de describir, solo atinó a decir: —«¿Y todo eso por un par de nalgas?». No paré de reír y después de un buen rato concluí que era el mejor colofón y puse punto final.
Verano de 2026
Morelia, Michoacán
CAVILACIONES EN EL BULEVAR
