A Vicente Quirarte
In memoriam
UN PORVENIR POSIBLE (FRAGMENTO)
En cuanto a las diversas artes, estoy seguro de que cada individuo producirá
la literatura, la música, el dibujo, etcétera, que requiere, y que éstas morirán con él.
Cada cual será su propio Tiziano y su propio Shakespeare; nadie será un gravamen
o un ídolo para las generaciones futuras. No habrá historias de la poesía,
ni bibliotecas, ni piadosos museos. Samuel Butler temió que los catálogos
del Museo Británico acabaran por abarrotar el planeta.
Esto es lo que, esta lluviosa noche, preveo.
Jorge Luis Borges
Por: Marco Antonio Zárate Mancha
En una caja arrumbada en un rincón del vetusto edificio, bajo una densa capa de polvo, en medio de viejos periódicos deleznables al mínimo contacto, encontré unas deshilachadas páginas. En el incompleto lomo de esas hojas los restos de un huevo de cucaracha se disolvió en el aire al momento de agitar las hojas para desempolvarlas. El polvo suspendido en el pesado aire entró a mis ojos y nariz haciéndome estornudar repetidas veces. Pasados los instantes, lo que conjeturamos como gravedad, precipitó en el descuidado piso una tenue capa más de polvo…
No sé por qué, pero por esas extrañas relaciones que de manera repentina hace la mente, evoqué el paso de casi treinta y cinco años de haber trabajado un proyecto en una traqueteada computadora prestada(1). Ese recuerdo desencadenó una serie de rememoraciones que a continuación relataré.
No tengo precisa la fecha, pero sucedió en 1990 o principios de 1991. Aquellos eran otros tiempos y para comenzar a trabajar en el ordenador prestado, debía primero cargar un disco flexible de 5 ¼” con el ahora olvidado o disfrazado sistema operativo MS DOS(2) —padre del Windows—. Realizado lo anterior, era posible interactuar con el equipo y escrutar otros discos flexibles que venían con el paquete, al hacerlo advertí que aunque habían eliminado archivos, unos pocos habían logrado escapar. Así fue que husmeando en la información olvidada, me topé con un escrito incompleto que desafortunadamente carecía de título y autor. Prosa poética que me atrapó desde las primeras líneas, y tardaría varios años en saber quién había escrito esas, para mí, deslumbrantes páginas… El texto —ya dije— estaba inconcluso y procedí a su impresión en hojas de papel continuo. Era parte de lo que muchos años después felizmente encontraría en un libro de poesía de Vicente Quirarte, vate defeño que conocí por comentarios de un amigo del alma que ya es parte de las estrellas: Luis Pablo Padilla Arroyo. Él gustaba de la poesía y me regaló el que fue primer libro impreso de Quirarte: “Teatro sobre el viento armado(3)”; luego poco a poco fui encontrando otros libros suyos. La mayoría en librerías de usado…
El hallazgo del libro de Quirarte: “El amor que destruye lo que inventa” e “Historias de la Historia” (sucedió en abril de 1998, según la desvaída etiqueta de la librería Gandhi en la cuarta de forros), encierra en sus páginas el “Cuaderno de Aníbal Egea(4)”. Ese título o el nombre del autor, de haber existido en el viejo y trunco archivo de la computadora, me hubiera ahorrado años de incertidumbre y espera hasta encontrarlo. Me habría facilitado su identificación y localización.
El “Cuaderno de Aníbal Egea” habla de amores. En principio un amor perdido que se extraña hasta la médula de los huesos y que en el desgarramiento de la “Separación”, da pie a pasajes como:
“Nadie necesita de nadie. Sin embargo el que ama es semejante al bebedor de café que requiere para su pequeña ceremonia la mesa elegida, la taza única, la carga precisa de ese líquido que es el perro más fiel del solitario. Y así como el cliente no encuentra paz en otro sitio, aunque realidades como mesa, taza, líquido oscuro sean las mismas, el enamorado piensa que ninguna sonrisa, ningún modo de andar, ningún perfume son semejantes a los de la perdida.”
[…] “Al amar somos un ser distinto que dormía en nosotros. Pasados el vértigo y el rapto, ¿cuál es el otro? ¿El ser lleno de luz que conquistó la altura, o el despojo que no tolera el peso de su sombra, la mañana, ofensiva como el sol para el borracho?”
Y Aníbal cree encontrar la llave que nos permitirá enfrentar la vorágine de la angustiosa desolación y arribar agonizante a la orilla; agonizante sí, pero al final vivo…
“El secreto de la supervivencia consiste en aceptar que vivimos en el filo de la navaja. Quien ama debe mirar largo tiempo el mar: las olas más altas, más celestes, las de más complicada arquitectura, son las que rompen con mayor violencia” …
Ya Aristóteles utilizó un proverbio para referirse a que “Un nuevo amor saca al viejo amor, como un clavo a otro”. La sabiduría lo abrevió a: “Un clavo saca a otro clavo”. Así es como el amoroso frustrado recuperaría su anhelada estabilidad emocional: con un nuevo amor. Aníbal Egea nos habla de ello en su “Iniciación”:
“Todo se llama sed cuando el verano retorna por sus fueros. En mitad del bochorno, te duele hasta la sangre porque el desvelo azuza los mastines de sombra que han venteado el final de la veda. Eres de nuevo un niño: la paciencia no existe y necesitas de todo cuanto el olvido había domado. Es el amor de nuevo. Nunca es igual la fiebre que lo anuncia, ni el río de ayer semeja la forma oscura que te aguarda: más allá de la noche, bajo la piel te nace un pueblo de tambores”.
[…] “El objeto de nuestro deseo nunca podrá conocer la tortuosa alquimia, la febril metamorfosis que provoca en nosotros. Esa nueva creatura no sabrá que, si la rehuimos o evitamos mirarla de frente, es porque su luz se ha vuelto superior a la de otros seres con los cuales ya no comparte el mundo. Y no la miramos por miedo a los alcances de nuestro conjuro, por miedo a no saber —y a saber— qué piensa esa creatura de nosotros”.
[…] “Cuando el amor nos hace falta como el agua, estamos pisando arena movediza. La vida es una cosa; otra, el amor y su aliento de agonía. El enamorado transita alternamente por ambos territorios, hasta que ya no le es dado elegir: se encuentra en el ojo de un huracán que lo seduce con una atracción irresistible”.
“Vivir es escribir con todo el cuerpo”.
[…] “Claro que duele el alma. Cuando amamos está más cerca que nunca de la carne”.
El deslumbramiento que experimentamos frente a un nuevo amor, frente a una nueva creatura, nos hace niños, nos vuelve frágiles, sin importar la edad o lo fuerte que seamos. Ello me mueve a invocar extractos de la bella poesía “El amenazado”, de Jorge Luis Borges, que escribió en 1972 cuando ya rondaba 73 años. Lo más probable es que el porteño fuera inspirado por María Kodama que fue por muchos años su fiel compañera y también lazarillo. En ese año, María frisaba los 35 años. A la postre y después de realizar varios viajes juntos, terminarían casándose…
Epílogo
El viejo ordenador prestado, quizá «Electrón», marca ya desaparecida en el mercado, me lo facilitó mi amigo Manuel Antonio Cota Aguilar. Fumador empedernido, laboraba en el mundo de las grandes computadoras y me inició en el uso de programas de cómputo de aquel entonces. Era ávido lector, y un hombre sólido en conocimientos; en un principio pensé que podría ser autor del texto inconcluso. Cuando le pregunté, se extrañó y dijo desconocer su origen. A Manuel lo conocí en 1987, cuando coincidimos en un proyecto pionero de intercambio de información sobre empresas que dirigía —«Red de Información Tecnológica de Países de América Latina, Asia, África y Europa»— y era financiado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, el Banco de Comercio Exterior, Bancomext, y la empresa italiana «Hermes»—. Con el tiempo nos hicimos buenos amigos. Nos desconectamos por distintas razones; hace tiempo lo busqué en internet y me enteré que hacía varios años había muerto…
“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
[…]
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
[…]
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
[…]
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
[…]
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Es el amor con sus magias inútiles dice el bonaerense; al igual que nos lo advierte Aníbal Egea, estamos inermes ante la feroz embestida de Cupido. El dios del amor nos pincha con sus flechas y se divierte al vernos atolondrados, desorientados y ansiosos ante la poderosa fuerza del amor. No importa pues la edad del sufriente, ya lo dice el adagio: “El corazón no envejece, es el cuero el que se arruga”. Así pues, Cupido no respeta edades, y en estos tiempos, sexos y razas. Hay pequeñines de kínder que insensatamente el dios del amor punza con sus inquietantes flechas y experimentan esa excitación a muy tierna edad. Pobrecillos.
De Vicente Quirarte y su Cuaderno de Aníbal Egea he caído en cuenta que la presentación que precede al texto lo firma el otoño de 1990 en Tlalpan. También que en 1990 el Instituto Mexiquense de Cultura (Cuadernos de Malinalco) publicó su primera edición. La fecha me sorprende porque corresponde al año en que hice el hallazgo del archivo de marras. Lamentablemente los huracanes del tiempo y los vertiginosos cambios en la tecnología cibernética me llevaron a desprenderme de una cantidad respetable de los primeros discos flexibles de 5 ¼”. Nunca pensé en guardar el disco flexible original y la impresión que hice se perdió en una de tantas mudanzas. Existe la muy remota posibilidad que ese archivo haya sido parte del escrito original. Ahora sé que difícilmente lo sabré…
Por último, el jueves 23 de septiembre de 1999 acudí a la librería Gandhi sita en Miguel Ángel de Quevedo a ver qué novedades había. Salí de allí y me dirigí a la librería del Fondo de Cultura Económica a unos pasos de distancia. Al acercarme escuché música, y hasta la calle llegaba el dulce aroma a vino. Pregunté al vigilante quién estaba tocando. Me respondió, Vicente Quirarte está presentando su último libro. Subí apresuradamente las escaleras y un grupo de música folclórica amenizaba el acto. La presentación correspondía a su libro “El peatón es asunto de la lluvia(6)” que recordé había comprado recientemente. El acto estaba terminando y una larga fila de personas se formó para obtener el autógrafo del poeta. Bajé apresuradamente y volví a comprar el libro. Cuando llegué la fila de lectores era todavía larga por lo que esperé bebiendo un par de copas de vino. Cuando la fila llegó a unas 4 o 5 personas, me formé. Al llegar mi turno el vate me saludó amablemente, tomó el libro, preguntó mí nombre y procedió abrirlo para estampar su firma. En ese momento dije: —Quiero que me escribas: “Vivir es escribir con todo el cuerpo”. Levantó la cara sonriente que se había iluminado y escribió sobre la dedicatoria original “A Frederic-Yves Jeannet”, y con su puño y letra agregó: “Y para Marco Antonio Zárate que sabe que vivir es escribir con todo el cuerpo. Con la gratitud de Vicente Quirarte. 23 de septiembre de 1999”.

Como colofón he de decir que supe que Vicente Quirarte tiene un buen amigo en Morelia, al que ocasionalmente visita y a quién también conozco…, por lo que muy seguramente este escrito tendrá otro final.
Marco Antonio Zárate Mancha
Morelia, Michoacán, 4 de enero de 2025.
P.S.: Desafortunadamente el pasado martes 11 de agosto de este 2026, Vicente Quirarte murió. Tenía 72 años y su fallecimiento representa una pérdida muy grande para las letras y la cultura de este agobiado país. Vaya este texto en homenaje póstumo al poeta, ensayista y escritor que nos deslumbró con sus escritos. Descanse en paz.

