Por Tinterillo.
“La democracia exige un compromiso permanente e irrenunciable. Cuidarla nos corresponde a todos; pero en mayor medida a quien tiene más capacidad para dañar o quebrarla o, lo deseable, defenderla y fortalecerla: el presidente”.
Hoy estamos viviendo (con morena) lo peor de un PRI de años del siglo pasado, cuando presidió el gobierno personajes como Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría o José López Portillo.
El autoritarismo, clientelismo, corrupción, limitación de libertades como la de expresión, sin apertura democrática, signos que distinguen a esos años de gobierno del viejo PRI.
Este que vivimos hoy se dice gobierno de izquierda, algunos se atreven hasta mencionarlo como social demócrata, pero lejos, lejos se encuentra de serlo, de, por ejemplo, el pensamiento de un Heberto Castillo.
Contra aquel PRI de Díaz Ordaz, de Echeverría o de López Portillo se luchó desde el interior del mismo partido tricolor, no se diga por la oposición, pero sobretodo por los ciudadanos, por la llamada sociedad civil, todos por lograr instituciones democráticas, medios democráticos, información veraz, sobretodo si esta es oficial, pero fundamentalmente libertad, autonomía y respeto a la división de poderes.
Pero desde Palacio Nacional se pretende, se busca y se camina para que el “pasado nos alcance” y es que solo basta con ver quiénes son sus aliados, a algunos los justifica por su pasado represor o traidor a la democracia cuando se les cayó el sistema, por ejemplo, y hasta su corrupción actual.
Es como dijo una priista de cepa, Beatriz Paredes “…es importante desterrar la tentación de la restauración del modo priista de conducir el país…Es una enorme tentación, porque muchos, muchos de ustedes han sido priistas, esa es su cultura política; una cultura política que muchos de ustedes lucharon por transformar.
…El gran desafío de nuestra democracia, en el tiempo, es que logremos un mayor equilibrio entre los poderes, que robustezcamos el papel del Poder Legislativo…”
Y es que la tentación deja de serlo para quien quiere convertirla en realidad, porque tenemos un Presidente que un día sí y el otro también viola ley, las reglas que nos hemos impuesto para normar nuestra democracia, como sucedía con el viejo PRI.
Dice que no es Díaz Ordaz, pero cada mañana hostiga, agrede, condena a quienes se le oponen, a quienes no está con él. Desde el tapanco matutino surgen granaderos, halcones, golpeadores, y hasta ladridos contra aquellos a los que considera sus contrarios, sus rivales.
Él rompe su compromiso con la democracia, con su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución, de donde emanan las normas que nos dan nuestra democracia y la división de poderes que manda al “¡carajo!”.
