ESPECIALISTAS DE PSICOLOGÍA-UASLP ANALIZAN RETOS DE LA IA Y REDES SOCIALES



El uso cada vez más frecuente de la inteligencia artificial, las aplicaciones de bienestar emocional y las redes sociales está transformando la manera en que las personas buscan respuestas a sus problemas de salud mental, planteando nuevos retos para los profesionales de la Psicología en los procesos de diagnóstico, tratamiento y acompañamiento terapéutico.

Ante este panorama, especialistas de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) desarrollan investigaciones para comprender cómo estas herramientas tecnológicas influyen en el bienestar emocional y en la forma en que las personas construyen sus relaciones de apoyo. 

El doctor Jaime Sebastián F. Galán Jiménez, director de la Facultad de Psicología de la UASLP, explicó que desde hace más de una década la interacción cotidiana se ha desplazado de los espacios presenciales hacia las pantallas, situación que ha debilitado los vínculos humanos profundos y favorecido el incremento de problemas relacionados con la salud mental, lo que hace cada vez más necesaria la atención profesional especializada. 

El académico señaló que la inmediatez promovida por las redes sociales y la inteligencia artificial también modifica la manera en que las personas se relacionan con los demás. “Nos estamos acostumbrando a que la tecnología responda de inmediato y, sin darnos cuenta, esperamos que las personas actúen de la misma forma”, comentó, al advertir que esta dinámica afecta la comprensión de los procesos naturales de la vida y genera frustración cuando la realidad no corresponde con esa expectativa. 

Añadió que las personas requieren tiempo para procesar emociones, resolver conflictos y construir relaciones, mientras que las plataformas digitales privilegian respuestas instantáneas, lo que puede propiciar ansiedad, impaciencia y dificultades para enfrentar situaciones cotidianas. 

Galán Jiménez también alertó sobre la creciente popularidad de aplicaciones e inteligencias artificiales utilizadas para recibir orientación emocional o “terapia”. Explicó que estas herramientas están diseñadas para responder a las necesidades del usuario y, con frecuencia, tienden a validar sus percepciones, por lo que no sustituyen el juicio clínico ni el acompañamiento profesional que ofrece un psicólogo. 

Asimismo, informó que investigadores de la Facultad de Psicología desarrollan proyectos para analizar los efectos afectivos del uso de la inteligencia artificial, ya que han identificado casos en los que algunas personas comienzan a considerar estas plataformas como su principal red de apoyo emocional, un fenómeno que plantea importantes cuestionamientos sobre las relaciones humanas y el papel de la tecnología en la sociedad. 

En este contexto la Facultad de Psicología también participa en la evaluación del bienestar emocional de la comunidad universitaria. Como parte de una estrategia impulsada por la Secretaría de Educación Pública federal y la Subsecretaría de Educación Superior, que solicitó a las universidades públicas realizar diagnósticos psicológicos anuales de su alumnado, especialistas de la UASLP diseñaron un instrumento que fue aplicado de manera voluntaria y anónima entre estudiantes de la institución. 

En la primera evaluación participaron 2 mil 206 universitarios mediante un cuestionario en línea. Los resultados mostraron que más del 60 por ciento presentó indicadores asociados con síntomas de depresión y alrededor del 15 por ciento manifestó otros factores de riesgo que requieren seguimiento. 

A partir de estos hallazgos, durante 2026 la Universidad prepara una nueva etapa del estudio que permitirá conocer con mayor profundidad cómo influyen factores como la vida social, el entorno familiar, las redes de apoyo y el uso de la tecnología en la salud mental de las y los estudiantes. 

El director de la Facultad de Psicología señaló que esta investigación toma como referencia diversos estudios internacionales, entre ellos los planteamientos del psicólogo social Jonathan Haidt en su libro “La generación ansiosa”, donde documenta el deterioro de la salud mental entre adolescentes y jóvenes a partir de 2012, coincidiendo con la expansión del uso de teléfonos inteligentes y redes sociales.

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